viernes 3 de octubre de 2008

Coda

Se quisiera a veces, por mera superstición onomástica, que los ciclos del calendario se sincronizaran con los de nuestras expectativas. Lo amargo es que tal coincidencia ocurre sólo por excepción: por privilegio ciego del azar. Me resigno a ello porque hace justamente un año que me mudé al DF para concentrarme durante un año en la Escritura, sin distracciones laborales ni económicas, atento a lo que pudiera absorber de aquella ciudad, de su pulso febril, de su aliento plural. Acaso el resultado más concreto de esa experiencia fuera precisamente este blog, donde he registrado algunos vaivenes de mi ánimo, de mi curiosidad, de mi sincera malicia y de mi hipócrita inocencia. El experimento fue menos exhaustivo que persistente: cincuenta y dos post en cincuenta y dos semanas me indican que valió la pena; no tanto por los resultados concretos —que fueron dispares, cuando no disparates— como por la disciplina corporal: por las calorías mentales que invertí ejercitando el oficio. De manera colateral, mi escritura se granjeó un puñado de lectores, cuya escritura, a su vez, encontró en mi lectura un eco atento y agradecido. Si pudiera ser optimista, diría que estas páginas virtuales contienen, por qué no, el germen de un libro por venir, un libro sin género, cohesionado por su misma voluntad de dispersión. Y quisiera en consecuencia prolongar el esfuerzo, mantener el ritmo, insistir en el proyecto… si no fuera porque la realidad, poco generosa, me obliga a ser escéptico: al término de mi año sabático, con el retorno a Zacatecas, me han salido al paso mis clases, mis asesorías, mis plazos de beca, mis formularios, mis informes… y en esas condiciones queda muy poco tiempo y espacio para jugar o dispersarse. No voy a quejarme: si algo me conforta es saber que mi profesión y mi vocación no coinciden pero se complementan. Hacer literatura y enseñarla no es un mal destino, pienso yo, cuando es uno quien decide lo que escribe y lo que imparte. En ejercicio de esa libertad, para resolver el dilema he elegido suspender El blog de los cadáveres exquisitos para concentrar mis energías en proyectos menos lúdicos, pero más afines a mis circunstancias —en específico, el Ficcionario de Teoría Literaria que hemos emprendido dos colegas y yo como proyecto colectivo de investigación. Por simple nostalgia, dejaré aquí, a la deriva de la blogósfera, los restos de este blog, como testimonio de este año, de su agridulce travesía y de sus amables naufragios. Agradezco, como siempre, a los Extemporáneos, a Sergio, a Lear, a Michelita, a Ashram, a Rax, a José Luis, a Viris, a Manuel, a Simitrio y a todos los amigos, virtuales o reales, que me honraron con su lectura y sus comentarios. Después de todo, como diría Alicia, nos vemos a través del ciberespejo.

Slainté!

PS: Se me olvidaba, malamente, informar que Moriarty, mi viejo y fiel PC, ha transitado al limbo de la chatarra informática. Su lugar fue ocupado por una preciosa iMac 8,1, que responde al nombre de MacMoriarty y que conserva, en algún lugar de su hard drive, la memoria íntegra de su antecesor —aunque no su ánima. Anexo el último collage musical que grabara la Camara de Moriarty, a manera de epitafio.


jueves 2 de octubre de 2008

La pasión de Barrabás


Apenas el cristianismo se congregó como iglesia en torno al Calvario de Jesús, a causa de la Resurrección estuvo a punto de fragmentarse. Para los cristianos de Roma, el triunfo de Jesús sobre la muerte constituía un hecho histórico y literal que debía ser creído —como demandaba el obispo Tertuliano— precisamente «porque era absurdo» y en consecuencia milagroso. Los cristianos de Alejandría, en cambio, pensaban que la resurrección no era sino un símbolo: Cristo no había tornado en persona a este mundo material sino como una revelación, una gnosis, una luz espiritual que debería iluminar —según el obispo Valentín— el interior de cada creyente verdadero.

Gran parte de esta polémica, que tanta sangre y tinta derramaría, se hubiera vuelto ociosa, o más dramática aún, si en su tiempo se hubiera divulgado el documento que el erudito bizantino Miguel Pselos (1018-1078) había recibido como parte del proceso, promovido por la Iglesia Etíope, para canonizar a Poncio Pilatos. Se trataba de una simple carta donde el procurador de Judea justificaba, ante el emperador Tiberio, una decisión tomada muchos años antes: cuando tuvo entre sus manos la suerte de Jesús —el presunto Mesías de Israel—, y la de Barrabás —el asesino confeso de militares romanos.

El episodio, incluido en el Nuevo Testamento, es muy conocido: desde que los sacerdotes hebreos condujeron a Jesús ante Pilatos, acusándolo de subversión, éste intuyó que tan sólo por envidia aquellos deseaban eliminarlo [Mateo 27, 18]. Para convalidar su poder malogrando las intrigas fariseas, el procurador urdió un plan. Como acostumbraba liberar, durante la Pascua, al prisionero que el pueblo eligiera [Marcos 15, 6], Pilatos les pidió que optaran por Jesús o Barrabás, para que fueran ellos, y no Roma, los responsables de aquella injusticia… pero la decisión, en contra de sus pronósticos, resultó adversa y unánime: intrigados por los sacerdotes, los judíos exigieron a gritos que fuera perdonado Barrabás, y que Jesús muriera en la cruz [Lucas 23, 23].

De acuerdo a las Escrituras, el procurador acató el dictamen [Juan 19, 1], y tras ordenar que Cristo fuera azotado, se lavó las manos como si así lavara su culpa. Pero la misiva autógrafa que Pselos tenía ante sus ojos difería notablemente en este punto: según las palabras de Pilatos, aquel griterío lo desorientó por completo. Sucedía que el nombre completo de Barrabás era Jesús Bar Abba y que, por una irónica casualidad, la expresión «Bar Abba» significaba en hebreo «Hijo del Padre». Por lo tanto, el procurador nunca supo si la plebe enardecida le exigía la muerte de Jesús Bar Abba, o la de Barrabás, o la de Jesús, o la de Bar Abba, el «Hijo del Padre»…

Durante aquellos instantes de aturdimiento, Pilatos entendió que no podría evadir el ejercicio de su albedrío. Por un lado, tenía a un separatista peligroso, un rebelde zelote que no dudaría en alzarse de nuevo contra Roma, sus instituciones y sus ciudadanos. Por el otro, estaba un inocuo profeta que recomendaba a sus prosélitos «dar a César lo que es del César y dar a Dios lo que es de Dios». Invocando a sus propios dioses, Pilatos concibió la única solución que conciliaba su raciocinio con su lealtad: mandó azotar a los dos reos, hasta dejarlos irreconocibles, y giró enseguida instrucciones para que, engañando a los judíos, Barrabás fuera crucificado y quedara libre Jesús, «justo al tercer día, justo cuando lo permitieran sus heridas».

Sería ilegítimo suponer lo que sintió Miguel Pselos al leer esta última línea. Estaba, ciertamente, ante el único texto latino que exponía de primera mano el proceso contra Jesucristo. Habituado al trato con las sutilezas neoplatónicas, los manuales de astrología y los libelos herméticos, puede conjeturarse que Pselos comprendió aquel evangelio prohibido e inescrutable, el Segundo tratado del Gran Set, según el cual Jesucristo, después de su Calvario, había asegurado ante sus discípulos: «Fue otro quien bebió la hiel y el vinagre; no era yo. Fue otro sobre quien colocaron la corona de espinas; no era yo. Mas era yo quien se regocijaba en las alturas ante su error. Y me reía de su ignorancia» [Set 56, 6-10].

¿Significaba entonces que, por una maniobra secreta de Poncio Pilatos, la iglesia había venerado por mil años la efigie de un asesino, de un impostor involuntario? ¿Así se explicaba, racionalmente, que los apóstoles hubieran convivido en persona con su Maestro, luego de verlo «morir» en la cruz? ¿O podría interpretarse a Barrabás y a Jesús como las caras opuestas y complementarias de una misma persona: por un lado Barrabás, el violento sicario, el hijo del rencoroso Yaveh, que clamaba «el que no está conmigo está contra mí», y por el otro Jesús, el hijo del carpintero, el pacífico Mesías del perdón y la misericordia que le ofrecía la otra mejilla a quien lo abofeteaba?

Aun leyendo aquella carta como un elegante ardid, fraguado para desafiar su inteligencia, Pselos descubrió que se hallaba, como el procurador de Judea, entre las fauces de un dilema sin solución. Si rechazaba ese documento, propiciaría la canonización de un pagano, a quien algunos bizantinos ya veneraban como protector del Mesías. Pero al aceptarlo como auténtico derrumbaría la fe y el pensamiento de los teólogos y filósofos que más admiraba. La historia no registra, por cierto, la decisión del erudito, ni su destino final. Sólo se cuenta con la amañada opinión del historiador Ataliates, su enemigo jurado, cuando sugirió ante la corte que el soberbio Miguel Pselos había perdido la fe y que había muerto en la miseria, mientras intentaba invocar al diablo.

 

lunes 29 de septiembre de 2008

La "Eudemonía" o el soplo de Hermes

En su Diccionario de Filosofía, Niccola Abagnano define a la eudemonía (εδαιμονία) como sinónimo de aquella felicidad que «algunas escuelas consideran principio y fundamento de la vida moral» (1). Para Ferrater Mora, puede traducirse literalmente como «la posesión de un buen demonio» (2), y para Ortiz Osés significa «estar bien con los “propios demonios” asumidos» (3). Si se trata de Hermes, en tanto daemon de la interpretación, la eudemonía nos induce una explicación feliz, aunque provisional, de todas las cosas, otorgándole un sentido al cosmos, el cual así revela su integridad y su armonía: una integridad que trasciende a la suma de sus partes, y una armonía que va más allá del bien y del mal, de la vida y de la muerte: un dominio donde las cosas aparecen bajo una luz distinta a la habitual y «cuya imagen divina es Hermes» (4). 

Hay en la película Espartaco, de Stanley Kubrick, una secuencia que escenifica admirablemente este concepto. 


Antoninus (Tony Curtis) y Espartaco (Kirk Douglas) en Espartaco, (Kubrick, 1960).

Durante una pausa de la campaña militar que emprenden contra Roma, el mago y poeta Antoninus le señala a Espartaco que no quiere divertir con magia ni canciones a los soldados, sino pelear como ellos por su libertad. Una vez que está a solas con su amada Varinia, el jefe rebelde se pregunta, extrañado: «¿Quién diablos quiere pelear? Un animal puede aprender a pelear; pero cantar cosas hermosas, y hacer que la gente las crea, ¿quién?» Varinia no entiende su desasosiego, y Espartaco intenta explicarlo: «Yo soy libre. Y sin embargo, ¿qué es lo que sé? No sé nada, ni siquiera leer». Ella entonces insiste: 

—¿Y qué es lo que quieres saber?

—Todo. Por qué las estrellas caen y los pájaros no. A dónde se va el sol cuando anochece. Por qué la luna cambia de forma. Quisiera también saber de dónde viene el viento. 

—El viento comienza en una caverna, en el lejano norte. Ahí duerme un joven dios, que sueña con una muchacha. Él suspira, y el viento de la noche surge de su aliento.

Escuchando la explicación de Varinia, el gladiador ríe, conmovido por esas palabras que, amorosas, le han revelado uno de los misterios que lo inquietaban: aunque ahora pueda parecernos risible, la explicación satisface a Espartaco no por su apariencia de verdad, sino por la bella eficacia con que fue expresada. 

Además de proponer un vínculo entre el ansia de libertad y el anhelo de conocimiento, este episodio habla, de manera explícita, sobre la urgencia de la poesía en un mundo en guerra. En busca de darle un sentido a la violencia y al dolor, los hombres se han atenido menos a la razón y a la ciencia que a la imaginación poética, a los rituales místicos, a las corazonadas, a los sueños, a la magia o a la charlatanería. Pero casi siempre lo han hecho para procurar la risa de Espartaco: la eudaimonía aristotélica, la beatitud tomista, la epifanía joyceana: el soplo de Hermes que nos arroba en los momentos hermosos o nos consuela en la desgracia. 

Escondido entre la magia y los versos de Antoninus, o tras la voz de Varinia, el soplo del dios sobre Espartaco lo ha inducido a «leer» su propia circunstancia, a descifrar el sitio que ocupa en el universo, a descubrir mediante la alquimia del verbo que, si bien ahora es tiempo de luchar, pronto le será concedido el tiempo para saber, el tiempo para ser libre, el tiempo para amar. Absortos en ese estado de gracia que el daemon hermético les ha proporcionado, Espartaco y Varinia pueden entonces abismarse en el amor: como si quisieran repetir el milagro de Salmacis y reintegrar con su abrazo al andrógino mítico, símbolo fugaz pero bienaventurado de la integridad primera.

NOTAS:

1. ABAGNAGNO, Niccola, Diccionario de Filosofía, fce, 4ª edición, México 2004, p. 435.

2. FERRATER MORA, José, Diccionario de Filosofía, Ariel, 1ª edición revisada, Barcelona 1994, p. 1153.

3. ORTIZ-OSÉS, Andrés, Mitología cultural y memorias, Anthropos, Barcelona 1987, p. 279.

4. KERÉNYI, Karl, Hermes guide of souls, Spring Publications, 13th printing, Putnam 1976, p. 31.

martes 16 de septiembre de 2008

Un asoneto



M
ANINFESTO PENTARREALISTA

Trialoguemos grafóricos cualinquier neurosismo
que univierta y opture la hybris del panverso
y orgasnemos los drujos que literan al diaverso
o erasmizan un dolma de necromanticismo

Que la himnosis apsaria psicoxide el neoverso
y grialice epifante los ohm de un bacorfismo
fantaxioma hacilar que halita el transmutismo
con textemas cataxis gloxamen viceverso

Grafitemos entanto logófagas gremiosis
como inalma arvalando rapsal psudoatonía
sin brocar las metábasis por tal poesimbiosis

y que al somar metásferas disueñe hermafonía
el asignal cosmóplato con su noumenoliosis
o la axiónima tarsis de mi utopografía

Matías Ximenes
San Mescalito Arcángel (circa) 1956

domingo 7 de septiembre de 2008

Cornelius y el lunar de Eileen


De Nicolás Cornelius sólo permanece un testimonio, breve y peyorativo, en las notas marginales del Rosarium Philosophorum, donde se le acusa de practicar la «falsa alquimia»: aquella que empleaba las técnicas de Hermes para producir no el Oro Filosófico, sino las más profanas sustancias. Se le acusaba en concreto de interpretar a su capricho las fórmulas de su homónimo, el inmortal Nicolás Flammel, para transformar estiércol en algodón, de buena calidad aunque difícil de hilar. Poco sublime pero bastante práctica, esta industria le acarreó ganancias sin riesgo, a diferencia de otros colegas suyos, habitualmente perseguidos por no obtener el oro que prometían a sus ingenuos y ambiciosos mecenas. Pero fue por culpa de esta mala fama que Cornelius fue arrestado, en 1427, y conducido a la corte de Jacobo I, rey de Escocia, quien lo retó a demostrar sus habilidades o a perecer en la horca como impostor.

Sabiendo que aquel reino era famoso por su producción de malta y cerveza, la mayoría de la cual se echaba a perder en sus toneles antes de ser distribuida, el alquimista le hizo una variante a cierta receta del Viridiarum chymicum, y la adaptó al presupuesto de las arcas reales, mermadas por las guerras contra los vikingos y los galeses. Durante siete noches el hábil Cornelius borroneó epigramas, conjuros y figuras geométricas, hasta deducir el diseño de un alambique muy peculiar, con un sistema de válvulas, mecheros, destiladores. Auxiliado por cuatro herreros, Cornelius construyó el dispositivo y, llenándolo con cerveza rancia, lo mantuvo en funcionamiento durante dos horas, al cabo de las cuales el líquido se transformó en un whiskey de primera calidad, tan noble y espirituoso como si tuviera dos décadas de añejamiento.

Aturdido por las ganancias que ese artilugio le brindaría, el rey le ofreció a Cornelius un puesto en la corte, como Doctor o Mago, pero fue desairado por el alquimista, enemigo de cualquier cargo que estorbara su vocación errante. A falta de dinero sonante, el rey le propuso que tomara como esposa a una de sus hijas. Cornelius tampoco hubiera accedido, si no fuera porque lo deslumbró Eileen, la más joven de las siete, no tanto por su magra belleza como por su extraordinaria piel: una tersa y sonrosada superficie a la que no manchaba ningún lunar. Esta peculiaridad, que pocos hubieran percibido, enamoró al alquimista porque refutaba ciertas teorías neoplatónicas que relacionaban el tamaño y la disposición de los lunares con el destino de cada persona. Su ausencia, por tanto, indicaba que Eileen poseía un destino en blanco: una página virgen abierta a cualquier posibilidad… o que era alguien más sublime, o algo más profano, que cualquier persona humana.

Una vez desposados por el obispo de la corte, y con una breve dote en la bolsa, Eileen y Cornelius abandonaron la isla al despuntar del año siguiente. Para júbilo del viejo Nicolás, quien así confirmaba sus augurios, durante los meses siguientes la doncella se comportó como la más receptiva aprendiz, la más acomedida ayudante y la más complaciente esposa. Encandilada por su franca cortesía, la gente abarrotaba sus demostraciones públicas, y adquiría sin vacilación ni regateo los filtros o elíxires o panaceas que Cornelius recetaba. Pronto Eileen aprendió a manejar las retortas, a moler ingredientes, a perfeccionar las recetas de su esposo contra el mal de ojo, el baile de San Vito, las fiebres de San Telmo o las tentaciones de los súcubos. Y el viejo Nicolás sonreía, rejuvenecido de pronto por las atenciones de su amada.

A principios de 1430, Eileen dio señales de embarazo. La idea de ser padre hizo que Cornelius fiscalizara su pasado, y repasando desde su juventud hasta su madurez, sintió remordimientos por haber despilfarrado tantas energías en el ilusionismo, el truquiñuela química, la magia mundana. Y se preguntó por qué, siendo un pecador, había merecido la devoción de Eileen, aquella mujer exenta de mancha y egoísmo. Su deseo de expiación lo indujo a creer que ella incubaba en su vientre un milagro: el huevo cósmico, la señal para establecer raíces y reiniciar el camino. Sin opinar, Eileen aceptó la decisión: después de todo, se merecía un descanso. No les había ido mal: en pocos meses multiplicaron por diez sus ahorros, con los cuales adquirieron una finca en las orillas de Wittenberg. Ahí instalaron su hogar y su biblioteca: un laboratorio para que Cornelius procreara en sus hornos la Magna Obra, y un nido para que Eileen gestara en su vientre al Hijo Solar, al Antropos, al Hermafrodito.

Fueron meses intensos, para ambos. Se convirtieron, paulatinamente, en dos solitarios que convivían bajo el mismo techo, atentos tan sólo a sus respectivas gestaciones: a causa del embarazo, Eileen sufrió los mismos mareos, náuseas y dolores que padecía Cornelius por culpa del azogue, el azufre y el plomo. A finales de ese año, después de una jornada especialmente intensa, el alquimista consumó en sus hornos las cuatro fases del proceso alquímico: de la negra melanosis a la blanca leucosis, y de la amarilla xantosis a la roja iosis, hasta que el horno dio a luz, en el fondo del mortero, una insólita y purísima capa de oro. Entusiasmado, Cornelius subió a sus habitaciones para comunicarle la noticia a Eileen, pero en ningún sitio la encontró. Angustiado, supuso que el mismísimo Jacobo I la había raptado para vengarse de las diarreas, alucinaciones y neuralgias ocasionadas por el mañoso whiskey que el alquimista le había fabricado. Pero enseguida pensó que en tal caso lo hubiera secuestrado a él también; así que, sumergido en la total incertidumbre, no atinó sino a sentarse ante la puerta, a esperar el regreso de su esposa.

Una versión afirma que ahí permaneció Cornelius durante el resto de su vida, esperando en vano el regreso de Eileen y de su hijo. Otros aseguran que un cazador la encontró en una cueva, enloquecida, justo después de haber asesinado al fruto de su vientre. Una tercera opinión, menos verosímil pero más piadosa, nos cuenta que ella volvió a la séptima noche, con las ropas en jirones y su piel manchada por coágulos. Al parecer, bajo el influjo de una voz interna, la noche del parto alquímico Eileen había huido de casa para dar a luz a la intemperie, bajo la luz de la luna. Ella misma ignoraba lo que había ocurrido después, hasta que la despertaron el frío y la lluvia. Anémica, sola y extraviada entre los olmos y las encinas, creyó recordar, entre las penumbras de su delirio, que los cielos se habían abierto, y que cuatro ángeles —uno negro, uno blanco, uno amarillo y uno rojo— habían descendido del cielo para llevarse a su hijo, diciéndole que ellos lo educarían personalmente hasta que estuviera en condiciones de volver al mundo.

Como si demostrara así que no mentía, Eileen desnudó su vientre ante Cornelius para mostrarle el lunar que había brotado, bajo su ombligo, la misma noche del parto: una mancha, atroz como una tarántula, que extendía radialmente sus tentáculos a lo largo y a lo ancho de su abdomen y de sus caderas, de sus muslos y de sus pechos. 

domingo 31 de agosto de 2008

La teología de Flaubert


Enemigo de la necedad y sus tópicos, Gustave Flaubert no ha escapado de su efecto rencoroso y anquilosante. La etiqueta que se le endilga como ateo radical o como «creador del realismo» trivializa su compleja obra, donde se advierten serias tensiones entre su instinto lírico y su voluntad formal, entre la angustia nihilista y la fe en el lenguaje como vehículo de lucidez, entre su deseo de impersonalidad y la tentación subjetivista. Borges advertía estas potencias antagónicas cuando dijo que, si no lo supiéramos de antemano, jamás adivinaríamos que una misma pluma había escrito Salambó y Madame Bovary. Sin embargo, conociendo ese dato, los lectores nos sentimos obligados a deducir las divergencias y paralelismos que dispersan o enlazan la obra flaubertiana.

Empezaré por señalar un binomio que aglutina, a mi parecer, dos convicciones del autor: la ausencia de Dios y la quimera de la Libertad. Recordemos que Emma Bovary intenta acogerse en la religión tras la derrota de su primera infidelidad, pero pronto descubre en la fe del sacerdote un vacío más hondo que su propia angustia. En Salambó, los dioses se muestran como máquinas sangrientas que el hombre diseña para encauzar sus instintos. Y Bouvard y Pécuchet, cuando se consagran al estudio de la teología, naufragan en un océano de paradojas bíblicas, supersticiones de la religión, triquiñuelas de los dogmas. En «La leyenda de San Julián el Hospitalario» el protagonista, por designio divino, debe asesinar a sus padres para convertirse en santo, mientras que, en «Herodías», Iokannan es decapitado para que se manifieste la divinidad de Cristo. Esta imagen de Dios, sádico titiritero que mueve a capricho a sus creaturas, armoniza con la sospecha de que la libertad humana es una nociva ilusión.

Ya Flaubert intuía esta duda a los 17 años, en su temprana autobiografia «Memorias de un loco»:

¿Libre, tú? Desde que naciste te sometiste a todas las debilidades paternas; recibes, con el día, la simiente de todos tus vicios, de tu estupidez, incluso de todo lo que te hará juzgar al mundo […] Ves una mujer y la amas, te mueres de amor por ella; ¿eres acaso libre de calmar esa sangre que late, de calmar esa cabeza ardiente, de comprimir ese corazón, de calmar esos ardores que te devoran? ¿Eres libre de pensamiento?, mil cadenas te retienen, mil agujas te empujan, mil obstáculos te detienen (1).

Aquí, desde su nihilismo adolescente, el autor parece enjuiciar a sus futuros personajes: ¿es Emma Bovary verdaderamente libre cuando se entrega a sus amantes, o está condicionada por su herencia y sus instintos?, ¿las desgracias de Bouvard y Pécuchet fueron ocasionadas por su torpe albedrío, o por la mano suprahumana del azar?, ¿opuso San Antonio algún control sobre las estremecedoras visiones que padeció?, ¿tuvieron San Julián o Iokkanan alguna posibilidad de triunfo ante los augurios que predestinaron sus biografías? La respuesta de Flaubert es tajante: no, nadie es libre, nadie puede superar las simas de su sino. O, para decirlo con palabras de Charles Bovary: «todo es culpa de la fatalidad».

Estos ejemplos demuestran que Flaubert, a causa de su propio escepticismo, nunca dejó de preguntarse sobre la existencia o inexistencia de Dios como fundamento de la voluntad humana. Esa preocupación resulta más evidente en La tentación de San Antonio. Con cierta inquina, Paul Valery afirmaba que el San Antonio de Flaubert no se encontraba a la altura de sus tentaciones. Sin embargo, como premio a la atenta pasividad con que enfrenta a sus demonios, el ermitaño comulga con la esencia divina:

¡Qué felicidad! ¡Qué felicidad! He visto nacer la vida, he visto el comienzo del movimiento […] ¡Desearía tener alas, un caparazón, una corteza, una trompa, exhalar humo, retorcer el cuerpo, dividirme por todas partes, estar en todo, emanar como los colores, crecer como las plantas, correr como el agua, vibrar como el sonido, brillar como la luz, adquirir todas las formas, penetrar en todos los átomos, descender hasta el fondo de la materia, ser la materia! (2)

La revelación final de Jesucristo como el disco solar, no tiene necesariamente un carácter panteísta: Dios no es la Materia, sino el deseo de ser la materia: un deseo que no se encuentra afuera —en el Mundo— sino adentro —en el Sujeto. Tal sospecha se aclara en el más conmovedor cuento de Flaubert: «Un corazón sencillo». Dueña de un nombre menos irónico que simbólico, la criada Felicidad padece el abandono de su novio y su sobrino, la muerte de su ama y la pequeña Virginia. Sobrevive a estas tragedias gracias a un estado de gracia, un amor desinteresado que alcanza su apoteosis cuando se encariña de Lulú, un parlanchín loro. Pero éste fallece, y Felicidad no sólo lo manda embalsamar: también se las arregla para que la efigie de Lulú ocupe el sitio destinado al Espíritu Santo en el altar de Corpus. Así lo decide ella, mediante un argumento digno del teólogo más agudo:

En la iglesia, miraba siempre al Espíritu Santo, y advirtió que había en él cierta semejanza con el papagayo […] Así se asociaron en su pensamiento santificándose el papagayo por esa relación con el Espíritu Santo, que de este modo se hacía más vivo a sus ojos, e inteligible. El Padre, para anunciarse, no podía haber escogido a una paloma, ya que estos animales no tienen voz, sino más bien a algún antepasado de Lulú (3).

Esta feliz conclusión de Felicidad contiene iguales dosis de ridículo y de grandeza: convertir al Espíritu Santo en Papagayo Disecado puede interpretarse como un acto absurdo, pero también como un acto libre: un acto poético. San Julián, Iokannan, Emma Bovary, Salambó, Bouvard y Pécuchet jamás advirtieron que su libertad era ficticia: ilusión creada por las necedades religiosas, literarias, mitológicas o científicas que heredaron de sus padres o les contagió la sociedad. En cambio, con la pura energía de una inocencia ajena a todo prejuicio, Felicidad pudo elaborar una teología propia, a partir de sus muy personales premisas. La única manera de rebelarse contra ese Demiurgo titiritero que rige nuestros destinos, consiste en modelar una divinidad nueva y personal: en recomponer poéticamente nuestro interior, hasta poder concebir un Dios que nos libere.

Notas:

(1) Flaubert, Gustave, «Memorias de un loco», en Cuentos negros y románticos, Valdemar, Madrid, 1996, pp. 70-72.
(2) ——
La tentación de San Antonio, Losada, Buenos Aires, 1999, pp. 325.
(3)
—— «Un corazón sencillo», en Tres cuentos, Norma, Bogotá, 1990, p. 45.

lunes 25 de agosto de 2008

No song

miércoles 13 de agosto de 2008

En la última playa

Escuché Il disco della angoscia allá por 1982, en plena efervescencia de la fe marxista. Si mal no recuerdo, estábamos imprimiendo un cartel en serigrafía, para rechazar la agresión del ejército contra la Normal Superior. Lo hacíamos a escondidas, en la casa del sindicato universitario, mientras bebíamos mezcal y fumábamos lunas. Desde la primera escucha, el disco nos puso tan turulatos, que el dueño, muy orondo, aprovechó para contarnos la historia que había detrás: todo un viaje. Nos dijo que «L'ultima spiaggia» designaba en italiano al último instante de la agonía, el que precede la muerte, pero también a una empresa discográfica: la que fundó el cantautor italiano Ricky Gianco en 1974, para editar grupos y músicos independientes y contestatarios, en una época de intensa tensión política. La empresa, para promoverse, juntó a sus mejores músicos para formar, bajo la dirección de mismo Ricky Gianco y de Gianfranco Manfredi, un supergrupo llamado (también) "L'ultima spiaggia". Grabaron un solo disco, Il disco dell'angoscia (1975): una auténtica perla barroca, insólita, inconseguible. Oficialmente sólo existe como LP: un bello objeto de portada brutal y suntuosa encuadernación, con letras y fotografías. La obra narra, musicalmente, la agonía de un sujeto que es atropellado y que, mientras agoniza, va invocando las circunstancias más críticas de su vida. Marcada por una irresistible vocación por la violencia, su biografía se entrelaza íntimamente con algunos episodios claves de la historia italiana: su infancia entre cantos o banderas fascistas, su juventud en medio de la guerra o la reconstrucción, su madurez entre los grupos terroristas de izquierda y, finalmente, su decadencia en una secta satánica. La historia es un buen pretexto para recorrer y fusionar, con gozosa ironía, un amplio espectro de estilos musicales... y para denunciar, con macabra lucidez, el instinto asesino que se esconde tras las ideologías. Memorables resultan la "Samba della tortura e della guerra", donde un militar describe en samba y alemán sus sádicos placeres, o el "Rock della reconstruzione", donde una voz al estilo Elvis Presley habla sobre las bondades del trabajo y la democracia cristiana. Más impresionante aún es «Voglio vivere», la canción que anexo a continuación, y en la cual se desliza la consciencia del protagonista desde la evocación infantil hacia la invocación satánica: hacia el infierno que arde, como un crepúsculo, más allá de su última playa.