
De Nicolás Cornelius sólo permanece un testimonio, breve y peyorativo, en las notas marginales del Rosarium Philosophorum, donde se le acusa de practicar la «falsa alquimia»: aquella que empleaba las técnicas de Hermes para producir no el Oro Filosófico, sino las más profanas sustancias. Se le acusaba en concreto de interpretar a su capricho las fórmulas de su homónimo, el inmortal Nicolás Flammel, para transformar estiércol en algodón, de buena calidad aunque difícil de hilar. Poco sublime pero bastante práctica, esta industria le acarreó ganancias sin riesgo, a diferencia de otros colegas suyos, habitualmente perseguidos por no obtener el oro que prometían a sus ingenuos y ambiciosos mecenas. Pero fue por culpa de esta mala fama que Cornelius fue arrestado, en 1427, y conducido a la corte de Jacobo I, rey de Escocia, quien lo retó a demostrar sus habilidades o a perecer en la horca como impostor.
Sabiendo que aquel reino era famoso por su producción de malta y cerveza, la mayoría de la cual se echaba a perder en sus toneles antes de ser distribuida, el alquimista le hizo una variante a cierta receta del Viridiarum chymicum, y la adaptó al presupuesto de las arcas reales, mermadas por las guerras contra los vikingos y los galeses. Durante siete noches el hábil Cornelius borroneó epigramas, conjuros y figuras geométricas, hasta deducir el diseño de un alambique muy peculiar, con un sistema de válvulas, mecheros, destiladores. Auxiliado por cuatro herreros, Cornelius construyó el dispositivo y, llenándolo con cerveza rancia, lo mantuvo en funcionamiento durante dos horas, al cabo de las cuales el líquido se transformó en un whiskey de primera calidad, tan noble y espirituoso como si tuviera dos décadas de añejamiento.
Aturdido por las ganancias que ese artilugio le brindaría, el rey le ofreció a Cornelius un puesto en la corte, como Doctor o Mago, pero fue desairado por el alquimista, enemigo de cualquier cargo que estorbara su vocación errante. A falta de dinero sonante, el rey le propuso que tomara como esposa a una de sus hijas. Cornelius tampoco hubiera accedido, si no fuera porque lo deslumbró Eileen, la más joven de las siete, no tanto por su magra belleza como por su extraordinaria piel: una tersa y sonrosada superficie a la que no manchaba ningún lunar. Esta peculiaridad, que pocos hubieran percibido, enamoró al alquimista porque refutaba ciertas teorías neoplatónicas que relacionaban el tamaño y la disposición de los lunares con el destino de cada persona. Su ausencia, por tanto, indicaba que Eileen poseía un destino en blanco: una página virgen abierta a cualquier posibilidad… o que era alguien más sublime, o algo más profano, que cualquier persona humana.
Una vez desposados por el obispo de la corte, y con una breve dote en la bolsa, Eileen y Cornelius abandonaron la isla al despuntar del año siguiente. Para júbilo del viejo Nicolás, quien así confirmaba sus augurios, durante los meses siguientes la doncella se comportó como la más receptiva aprendiz, la más acomedida ayudante y la más complaciente esposa. Encandilada por su franca cortesía, la gente abarrotaba sus demostraciones públicas, y adquiría sin vacilación ni regateo los filtros o elíxires o panaceas que Cornelius recetaba. Pronto Eileen aprendió a manejar las retortas, a moler ingredientes, a perfeccionar las recetas de su esposo contra el mal de ojo, el baile de San Vito, las fiebres de San Telmo o las tentaciones de los súcubos. Y el viejo Nicolás sonreía, rejuvenecido de pronto por las atenciones de su amada.
A principios de 1430, Eileen dio señales de embarazo. La idea de ser padre hizo que Cornelius fiscalizara su pasado, y repasando desde su juventud hasta su madurez, sintió remordimientos por haber despilfarrado tantas energías en el ilusionismo, el truquiñuela química, la magia mundana. Y se preguntó por qué, siendo un pecador, había merecido la devoción de Eileen, aquella mujer exenta de mancha y egoísmo. Su deseo de expiación lo indujo a creer que ella incubaba en su vientre un milagro: el huevo cósmico, la señal para establecer raíces y reiniciar el camino. Sin opinar, Eileen aceptó la decisión: después de todo, se merecía un descanso. No les había ido mal: en pocos meses multiplicaron por diez sus ahorros, con los cuales adquirieron una finca en las orillas de Wittenberg. Ahí instalaron su hogar y su biblioteca: un laboratorio para que Cornelius procreara en sus hornos la Magna Obra, y un nido para que Eileen gestara en su vientre al Hijo Solar, al Antropos, al Hermafrodito.
Fueron meses intensos, para ambos. Se convirtieron, paulatinamente, en dos solitarios que convivían bajo el mismo techo, atentos tan sólo a sus respectivas gestaciones: a causa del embarazo, Eileen sufrió los mismos mareos, náuseas y dolores que padecía Cornelius por culpa del azogue, el azufre y el plomo. A finales de ese año, después de una jornada especialmente intensa, el alquimista consumó en sus hornos las cuatro fases del proceso alquímico: de la negra melanosis a la blanca leucosis, y de la amarilla xantosis a la roja iosis, hasta que el horno dio a luz, en el fondo del mortero, una insólita y purísima capa de oro. Entusiasmado, Cornelius subió a sus habitaciones para comunicarle la noticia a Eileen, pero en ningún sitio la encontró. Angustiado, supuso que el mismísimo Jacobo I la había raptado para vengarse de las diarreas, alucinaciones y neuralgias ocasionadas por el mañoso whiskey que el alquimista le había fabricado. Pero enseguida pensó que en tal caso lo hubiera secuestrado a él también; así que, sumergido en la total incertidumbre, no atinó sino a sentarse ante la puerta, a esperar el regreso de su esposa.
Una versión afirma que ahí permaneció Cornelius durante el resto de su vida, esperando en vano el regreso de Eileen y de su hijo. Otros aseguran que un cazador la encontró en una cueva, enloquecida, justo después de haber asesinado al fruto de su vientre. Una tercera opinión, menos verosímil pero más piadosa, nos cuenta que ella volvió a la séptima noche, con las ropas en jirones y su piel manchada por coágulos. Al parecer, bajo el influjo de una voz interna, la noche del parto alquímico Eileen había huido de casa para dar a luz a la intemperie, bajo la luz de la luna. Ella misma ignoraba lo que había ocurrido después, hasta que la despertaron el frío y la lluvia. Anémica, sola y extraviada entre los olmos y las encinas, creyó recordar, entre las penumbras de su delirio, que los cielos se habían abierto, y que cuatro ángeles —uno negro, uno blanco, uno amarillo y uno rojo— habían descendido del cielo para llevarse a su hijo, diciéndole que ellos lo educarían personalmente hasta que estuviera en condiciones de volver al mundo.
Como si demostrara así que no mentía, Eileen desnudó su vientre ante Cornelius para mostrarle el lunar que había brotado, bajo su ombligo, la misma noche del parto: una mancha, atroz como una tarántula, que extendía radialmente sus tentáculos a lo largo y a lo ancho de su abdomen y de sus caderas, de sus muslos y de sus pechos.