jueves 7 de agosto de 2008

Las cosas y los lugares

Cuando chamacos, mi mamá nos citaba una frase, atribuida a Santa Teresita, para incitarnos a limpiar nuestra recámara: «Cada cosa en su lugar y un lugar para cada cosa». Ahora que me reinstalo en casa, y que me enfrento a la engorrosa e hipnótica tarea de reorganizar mi biblioteca, pienso que la sentencia define a la perfección cualquier proceso ordenador, desde los sistemas taxonómicos hasta las campañas de higiene urbana o de limpieza étnica. Yendo más lejos, incluso el aprendizaje podría ser definido así, como la facultad de estructurar cada concepto en el sitio más adecuado. Por supuesto —y por desgracia— muchos de estos procesos se limitan a meter en la basura, o en el ghetto, todo aquello que les resulta imposible «colocar» dentro de sus esquemas. Esto me hace notar que la sentencia se divide en dos frases, y que la segunda es muchísimo más interesante y creativa. Colocar cada cosa en su lugar es, por definición, la tarea de los moralistas o los ideólogos que quieren encajar lo existente dentro de sus cajones preconcebidos. En cambio, para los escritores o filósofos resulta mucho más interesante crear un lugar digno para cada cosa que van conociendo. El primer grupo, por ejemplo, siempre ubicará cualquier «adulterio» en el estante de los «pecados», mientras que, para el segundo grupo, cada caso será distinto por sus circunstancias y en ocasiones merecerá incluso el anaquel de los «amores auténticos» —como ocurre en Tristán e Isolda, por citar un ejemplar literario.

Esta aclaración, aunque nos sirva para matizar nuestros criterios, no hace sino entorpecer las decisiones concretas, sobre todo cuando queremos aplicarla dentro de ese universo tan ambiguo que conforman los libros de una biblioteca personal —un cosmos constituido bajo las variables del capricho, el azar, las obsesiones, los desencantos, los estados de ánimo, las recomendaciones, las corazonadas, las ofertas, los errores, los hallazgos y las pérdidas. Una biblioteca personal no admite para nada las habituales y cuestionables categorías que organizan las bibliotecas públicas. Sobre todo porque una personal está limitada por los intereses y las rutinas y los espacios de su propietario… además de sus manías. En mi caso, siempre he sido enemigo de los acervos masivos, multitudinarios, porque siempre he creído más en la lectura intensiva que en la extensiva, lo cual me aconseja —en vano— a comprar siempre la menor cantidad posible de libros. Además, sostengo que una biblioteca personal moldea a su dueño y es moldeada por él: no debería, por tanto, ser más amplia que su memoria, ni menos variada que su curiosidad, ni más estrecha que su olvido, ni menos homogénea que su voluntad.

Sin duda, ha sido la diversidad de mis intereses y de mis actividades lo que más ha complicado mi tarea de colocar cada libro en su estante. Aunque la vocación me empujó hacia la narrativa, el oficio me fue inculcando el interés por la teoría literaria, por la hermenéutica, por la historia, por la filosofía… y de regreso, por la poesía. Además, mi actual escepticismo nunca ha renegado del todo de su pasado científico y de sus fundamentos religiosos, de ahí que la física, la teología, las matemáticas, la anatomía, la hermética, la biología o la mitología tengan dispareja presencia en el foro. Y, por otra parte, mi gusto por las artes plásticas, el cómic, el diseño gráfico y la música también ha establecido su feudo dentro de mi acervo. Están, por último, los libros heterodoxos, los diccionarios, las antologías, los manuales, las repeticiones y las excepciones…

Sin desatender semejante barullo de disciplinas y categorías, he decidido agregar una dificultad extra: imprimirle al orden un sello afectivo, además del racional. Asignaré, por tanto, un estante central a los libros que más gratitud les debo; otro muy selecto a los que me aconsejan en ratos difíciles; otro muy visible a los que me urge leer; otro a los que pueden esperar; otro muy cercano a los que tengo atorados como una espina; otro a los alucinógenos; otro a los sedantes; otro a las ediciones de lujo; otro a los que necesitan pastas nuevas; otro a los que me hacen llorar o reír; otro a los que me quitan las dudas o me las incrementan; otro a los amigos; otro a los no tanto; otro medio lejano a los desechables pero obligatorios; otro a los que no cupieron en ninguna categoría y otro, muy esquinero y polvoriento, a los que he comprado para no leer, que ni son pocos, ni son cualquiera.

Para aquél que sea capaz de descifrarla, la disposición de mi biblioteca será una caótica hipérbole de mi orden interno, o una estudiada parábola de mi caos personal… aunque, ahora comienzo a sospechar que sólo lo escribo para no empezar con esa tarea. O para nunca terminarla.

5 comentarios:

Asrham Rayeuk dijo...

La primera vez que compré un libro es por que pretendía tener una biblioteca maravillosa, con el unico objeto de que si alguien llegara a la casa, pensara que era una intelectual.

Despues me di cuenta que no era ese el objetivo, quizas era solo el tenerlos, tener algo mío, por que yo leía de prestado.

Y un día me di cuenta que por toda la habitación habia cientos de libros con la diversidad que bien mencionas, entonces, deduje que habia llegado el momento de ordenarlos uuumm por orden alfabetico? por autor? por editorial? por tema?? ninguno de estos parametros funciono por la falsa funcionalidad de mis libreros y tuvo que ser por el tamaño del libro y ahora que lo recuerdo una termina acomodando su exterior de acuerdo a su caos interior. La falsa funcionalidad de mi corazón hacer acomodar las pendejadas mas superfluas de mi vida en el mejor lugar del librero.

Ahora estoy en Colombia, creo que regreso como en unos quince días, el libro me ha encantado me falta muy poco para terminarlo y mirá que me he tardado para leerlo por que tengo muy poco tiempo libre pero ese Candingas se me hace buen tipo no he podido evitar subrayar algunas frases que me han matado...

Una dolencia que no te mata, pero que tampoco se te cura: una enfermedad que no te abandona ni se deja querer !Pinche gonorrea espiritual! La que me cargo y con tu frase me has destrozado.

Depto. Editorial dijo...

Creo que muchas personas empezamos con la buena intención de poner "orden" en la biblioteca personal, y acabamos poniendo más bien un desorden propio, intrincado y complejo de tan personal, y siempre vinculado al gusto y sus caprichos. Yo intento siempre separar por géneros, pero me resulta absurdo, en la práctica, separar los libros de Castellanos (por ejemplo) en ese "orden". Así que acaban juntos, por tamaño, y no por año, y en un estante donde quepan todos. Lo que sí he pensado seriamente, es hacerme mi propio catálogo. Y mi sueño dorado es tener una biblioteca que amerite la presencia de esas escaleras tan particulares, con ruedas, que me desplazarán de un extremo a otro del laberinto. Uf, de imaginarlo, ya estoy sonriendo como niña pequeña.

Sergio Alejandro Aguillón-Mata dijo...

Yo por eso ya no tengo libros. Soy yo y lo que traigo puesto (je: no es del todo cierto; ¡pero algún día!).

Gonzalo Lizardo dijo...

Ashram: Gracias por tu comentario, que tengas buen viaje por Colombia en compañía del Candingas, que nunca se imaginó andar por allá.

Depto: Sí, sería genial una biblioteca de ésas, con escaleritas y estantes de madera, y algunas vidrieras para los libros especiales... cuando tengas una así, me invitas a conocerla.

Sergio: Siempre tan ambiguo: ¿algún día tendrás una biblioteca, o algún día serás "solo tú y lo que traes puesto"?

Lear dijo...

A mí me gusta el asunto de la biblioteca como proyecto siempre en formación: como proyecto de lectura, como proyecto de personalidad, como proyecto de horizonte, como proyecto de escritura, como proyecto de pasatiempo, también. Es lo bueno de los proyectos, uno puede planear y al final no hacer nada.