jueves, 2 de octubre de 2008

La pasión de Barrabás


Apenas el cristianismo se congregó como iglesia en torno al Calvario de Jesús, a causa de la Resurrección estuvo a punto de fragmentarse. Para los cristianos de Roma, el triunfo de Jesús sobre la muerte constituía un hecho histórico y literal que debía ser creído —como demandaba el obispo Tertuliano— precisamente «porque era absurdo» y en consecuencia milagroso. Los cristianos de Alejandría, en cambio, pensaban que la resurrección no era sino un símbolo: Cristo no había tornado en persona a este mundo material sino como una revelación, una gnosis, una luz espiritual que debería iluminar —según el obispo Valentín— el interior de cada creyente verdadero.

Gran parte de esta polémica, que tanta sangre y tinta derramaría, se hubiera vuelto ociosa, o más dramática aún, si en su tiempo se hubiera divulgado el documento que el erudito bizantino Miguel Pselos (1018-1078) había recibido como parte del proceso, promovido por la Iglesia Etíope, para canonizar a Poncio Pilatos. Se trataba de una simple carta donde el procurador de Judea justificaba, ante el emperador Tiberio, una decisión tomada muchos años antes: cuando tuvo entre sus manos la suerte de Jesús —el presunto Mesías de Israel—, y la de Barrabás —el asesino confeso de militares romanos.

El episodio, incluido en el Nuevo Testamento, es muy conocido: desde que los sacerdotes hebreos condujeron a Jesús ante Pilatos, acusándolo de subversión, éste intuyó que tan sólo por envidia aquellos deseaban eliminarlo [Mateo 27, 18]. Para convalidar su poder malogrando las intrigas fariseas, el procurador urdió un plan. Como acostumbraba liberar, durante la Pascua, al prisionero que el pueblo eligiera [Marcos 15, 6], Pilatos les pidió que optaran por Jesús o Barrabás, para que fueran ellos, y no Roma, los responsables de aquella injusticia… pero la decisión, en contra de sus pronósticos, resultó adversa y unánime: intrigados por los sacerdotes, los judíos exigieron a gritos que fuera perdonado Barrabás, y que Jesús muriera en la cruz [Lucas 23, 23].

De acuerdo a las Escrituras, el procurador acató el dictamen [Juan 19, 1], y tras ordenar que Cristo fuera azotado, se lavó las manos como si así lavara su culpa. Pero la misiva autógrafa que Pselos tenía ante sus ojos difería notablemente en este punto: según las palabras de Pilatos, aquel griterío lo desorientó por completo. Sucedía que el nombre completo de Barrabás era Jesús Bar Abba y que, por una irónica casualidad, la expresión «Bar Abba» significaba en hebreo «Hijo del Padre». Por lo tanto, el procurador nunca supo si la plebe enardecida le exigía la muerte de Jesús Bar Abba, o la de Barrabás, o la de Jesús, o la de Bar Abba, el «Hijo del Padre»…

Durante aquellos instantes de aturdimiento, Pilatos entendió que no podría evadir el ejercicio de su albedrío. Por un lado, tenía a un separatista peligroso, un rebelde zelote que no dudaría en alzarse de nuevo contra Roma, sus instituciones y sus ciudadanos. Por el otro, estaba un inocuo profeta que recomendaba a sus prosélitos «dar a César lo que es del César y dar a Dios lo que es de Dios». Invocando a sus propios dioses, Pilatos concibió la única solución que conciliaba su raciocinio con su lealtad: mandó azotar a los dos reos, hasta dejarlos irreconocibles, y giró enseguida instrucciones para que, engañando a los judíos, Barrabás fuera crucificado y quedara libre Jesús, «justo al tercer día, justo cuando lo permitieran sus heridas».

Sería ilegítimo suponer lo que sintió Miguel Pselos al leer esta última línea. Estaba, ciertamente, ante el único texto latino que exponía de primera mano el proceso contra Jesucristo. Habituado al trato con las sutilezas neoplatónicas, los manuales de astrología y los libelos herméticos, puede conjeturarse que Pselos comprendió aquel evangelio prohibido e inescrutable, el Segundo tratado del Gran Set, según el cual Jesucristo, después de su Calvario, había asegurado ante sus discípulos: «Fue otro quien bebió la hiel y el vinagre; no era yo. Fue otro sobre quien colocaron la corona de espinas; no era yo. Mas era yo quien se regocijaba en las alturas ante su error. Y me reía de su ignorancia» [Set 56, 6-10].

¿Significaba entonces que, por una maniobra secreta de Poncio Pilatos, la iglesia había venerado por mil años la efigie de un asesino, de un impostor involuntario? ¿Así se explicaba, racionalmente, que los apóstoles hubieran convivido en persona con su Maestro, luego de verlo «morir» en la cruz? ¿O podría interpretarse a Barrabás y a Jesús como las caras opuestas y complementarias de una misma persona: por un lado Barrabás, el violento sicario, el hijo del rencoroso Yaveh, que clamaba «el que no está conmigo está contra mí», y por el otro Jesús, el hijo del carpintero, el pacífico Mesías del perdón y la misericordia que le ofrecía la otra mejilla a quien lo abofeteaba?

Aun leyendo aquella carta como un elegante ardid, fraguado para desafiar su inteligencia, Pselos descubrió que se hallaba, como el procurador de Judea, entre las fauces de un dilema sin solución. Si rechazaba ese documento, propiciaría la canonización de un pagano, a quien algunos bizantinos ya veneraban como protector del Mesías. Pero al aceptarlo como auténtico derrumbaría la fe y el pensamiento de los teólogos y filósofos que más admiraba. La historia no registra, por cierto, la decisión del erudito, ni su destino final. Sólo se cuenta con la amañada opinión del historiador Ataliates, su enemigo jurado, cuando sugirió ante la corte que el soberbio Miguel Pselos había perdido la fe y que había muerto en la miseria, mientras intentaba invocar al diablo.

 

1 comentario:

kublai dijo...

pamplinas, pero que facil blasfemar en este mundo sin orden ni progreso. falta os hace un skinhed de los nuestros paque te ponga guapo